Con este cotundente título dedicaba
José Alameda un capítulo de su libro
“Crónica de sangre” (Ed. Grijalbo) al percance que sufrió
Luis Castro “El Soldado” en la plaza mexicana de “El Tor

eo” en el año 1.942.
Recuerdo que en 1.981 me hice con aquel libro y me impactó sobremanera la foto a la que hoy dedico este dibujo. En ella el mozo de estoques trata de contener la hemorragia de la vena femoral de su matador mientras se apoya en él, vigilando la acometida del toro, el empresario del coso azteca. Un monosabio le sostiene, no sin gran esfuerzo, por detrás como si de un descendimiento renacentista se tratase. Fue un derrote rápido, seco y tan certero que cubrió de sangre su terno blanco y plata. Y eso que el torero de Mixcoac detestaba los vestidos grana por aquello de que encendían la embestida del toro. Prefería colores suaves, como el rosa palo, o bien decididamente oscuros como el tabaco. Pero aquella tarde “Calao” no respetó la pureza de su traje demostrando un instinto homicida que ya había exhibido en el campo hiriendo seriamente al ganadero y matando dos caballos.
Afortunadamente para todos, “El Soldado” salvó la vida, la pierna y su carrera artística. Llegó a inaugurar la monumental de México junto a Manolete y se retiró de los ruedos en 1.962 tras treinta años de andadura por los ruedos.
Y desde aquí mi sentido homenaje a la afición mexicana que sigue y apoya está bitácora, ¡va por ustedes!.
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Arriba, naipe dedicado a "El Soldado" pintado por el gran Ruano Llopis.
Abajo, "No es nada personal (cuando "Calao" caló al Soldado)", técnica mixta sobre papel de Luis López