

El pasado mes de julio expuso en Valencia sus últimas obras en las que en cierto modo gusta de ser ese ojo que todo lo ve: el saludo antes del paseíllo sintiéndose el tercer espada; la violenta pelea en el corral tras el desencajonamiento o ese rincón íntimo del alma torera que es la silla preparada con el terno de torear. Pintar, si, pero con una cierta dosis de autocrítica tan necesaria en un mundo como este del arte en el que hoy día todo vale. Paco busca, ante todo, originalidad, consciente de que lo corriente tiene las horas contadas per

Grande en deseos este artista. Tan enorme como esos molinos que salpican el paisaje donde nace su obra… esos gigantes que no asustan, que danzan al son de quien los mueva con sus grandiosas aspas llenas de leyendas.

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